Un día conocí a un tipo, tenía apenas veinte años, su cara de niño negaba sus duras facciones, su mirada tenía ese halo mortecino y brillo mate del que ha visto más de lo que debe, su sonrisa, queda, a media camino de la mueca y un imperceptible tic nervioso, denotaba timidez, lujo que para sobrevivir no podía permitirse.
Nuestro encuentro fue casual, teníamos las mismas posibilidades de encontrarnos en esa cama de hospital, que yo de fracturarme la tibia y el peroné haciendo estiramientos musculares, y que a él le dieran vela y algo más en una reyerta canalla de madrugada. Lo mío, si le restamos el componente de torpeza, fue puro infortunio, lo suyo, visto lo visto, no se cuanto empeño puso aquella noche, al salir del la discoteca, por conocerme.
El caso es que cuando llegué, él ya estaba allí, no dijo palabra, y yo apenas noté su presencia porque andaba lidiando con un miura de esos de cofia y traje blanco, trantando de explicar que había pasado las últimas cinco horas de mi vida en un pasillo de urgencias, nombre que hace referencia claramente, y como deferencia al usuario, a los deseos del mismo por abandonar aquel lugar pronto, y no a las prisas de algunos médicos porque ese hecho suceda, así que intentaba, vanamente, conseguir algo para comer, pero el toro era daltónico, a buen seguro, porque no entraba al trapo, entonces fue cuando oí su voz y con acento de Europa del este me dijo "¿quierres? es parra desayunarr, come tu" y me acercó un bulto envuelto en un trozo de papel de aluminio arrugado.
Supongo que fueron mis perjuicios occidentales, o mi Europa de 1ª división, lo que me hizo desconfíar en un primer momento, pero yo andaba con más hambre que remilgos aquella noche, así que acepté su ofrecimiento dándole las gracias.
El bulto era un croissant, y aún hoy me pregunto de donde lo sacó, porque la semana que compartimos gotero, calmantes y antibióticos, no vino nunca nadie a visitarle.
Se llamaba Nicolai, Nico para los pocos que no le querían joder, decía, y era unos de esos miles de rumanos, sin papeles, que buscan la Atlántida en nuestra próspera piel de toro.
El otro día, acabó el proceso de legalización de inmigrantes, y él seguramente seguirá sin papeles, pero yo seguiré debiéndole una.
tt — 10-05-2005 10:46:21
Xavier Cano — 10-05-2005 10:48:56
Irisha — 16-05-2005 21:34:03
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